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“¿Qué tipo de personas queréis ser? ¿Qué clase de sociedad queréis ayudar a construir?”

Comienzan las graduaciones de Comillas con las Facultades de Teología, Derecho Canónico y Ciencias Humanas y Sociales.

Ceremonia de graduación en la Universidad Pontificia Comillas con varios graduados en un escenario.

22 de mayo de 2026

Es la tarde del 22 de mayo. El sol cae, fuerte, sobre el campus de Cantoblanco. A la gente de Comillas, las graduaciones suelen convertirnos en testigos de un momento vital importante para muchos. Antes de las siete de la tarde, las familias van llegando. Los seres queridos recolocan vestidos y corbatas, apartan mechones y fingen tranquilidad mientras buscan el mejor sitio para hacer las fotografías. Los estudiantes se abrazan. Están alegres y nerviosos a la vez porque quizá todavía no entienden bien que algo importante está terminando.

En la carpa instalada en el campus se mezclan las voces de una nueva  generación de futuros maestros, filósofos, teólogos, traductores y especialistas en relaciones internacionales. Hoy es su turno. Llegaron a la universidad siendo casi adolescentes y, después de años cuyo peso solo ellos conocen, están a punto de cruzar la frontera entre lo que soñaron vivir y lo que finalmente vivirán.

Todos se sientan, y luego se levantan, porque comienza la ceremonia y entra la comitiva académica. Los profesores también están nerviosos porque, al fin y al cabo, las graduaciones son también su manera de despedirse. Durante al menos cuatro años, esos alumnos han formado parte de su vida, también han sido maestros para ellos, y ahora contemplan cómo abandonan el lugar donde supieron quiénes eran.


Aparece Alejandra Gómez de la Vega, la alumna encargada de hablar en nombre de todos sus compañeros. Alejandra habla con palabras sinceras. Cuenta que llegó a Comillas buscando respuestas y que se marcha con más preguntas que al principio.

Habla del amor como una forma concreta de hacer las cosas. Del amor escondido en los pequeños gestos cotidianos. Del cuidado silencioso de quienes sostienen la universidad sin aparecer nunca en las fotografías. Y, como futura profesora, habla de los niños. “Volvamos a ser niños, a contemplar, a asombrarnos, a estar presentes… volvamos a vivir de verdad”, dice Alejandra.

Para ella, educar es “un acto de esperanza”. “Educar es creer en el futuro de alguien incluso cuando esa persona todavía no puede verlo. Es mirar al otro y decirle que confías en él”. Y quizá por eso pide a sus compañeros que hagan del mundo “un lugar donde se trabaje con amor, donde las personas importen y donde, como hacen los niños sin darse cuenta, vivamos y no sobrevivamos, probemos y nos equivoquemos y, sobre todo, disfrutemos del camino”.

Después sube al estrado la escritora Julia Navarro, madrina de la promoción, a transmitirle a los futuros egresados que el mundo puede caber entero dentro de una historia bien contada. Tras los primeros agradecimientos - “gracias es una palabra que me cuesta muy poco decir” - la escritora empieza a hablar de libros y del poder silencioso que tienen.

Cita a Homero, a Virgilio, a Dante, a Umberto Eco y a Ítalo Calvino. Habla de las librerías como refugios de libertad y recuerda que los libros conservan la memoria del mundo incluso en tiempos donde todo parece destinado a desaparecer dentro de una pantalla. “Leer es el camino hacia el conocimiento”, afirma. Y advierte a los graduados del peligro de convertirse en espectadores pasivos de la realidad. “Espero que no seáis actores pasivos (…) os vais habiendo aprendido lo necesario para poder afrontar la vida con conocimientos y con dignidad”, les dice.

Después llega la imposición de becas y los nombres comienzan a sonar uno detrás de otro. Cada estudiante cruza el escenario apenas unos segundos, pero para llegar a esos segundos, ¿nos damos cuenta de los años enteros que han hecho falta?. Años de dudas, también de amistad, de algunos suspensos (y muchos aprobados), de llamadas a casa. Días en los que incluso, tal vez, quisieron abandonar y no lo hicieron.

Por último, toma la palabra el rector de Comillas, Antonio Allende SJ. Habla despacio, dejando que cada párrafo se asiente dentro de quienes le están escuchando. Lo primero que recuerda es algo sencillo: “Nadie se gradúa solo. Nadie llega solo hasta aquí”. El rector habla de familias que sostienen en silencio, de profesores que acompañan y de amigos que hacen más llevaderos los días difíciles. “Aprendemos gracias a otros. Crecemos gracias a otros. Nos sostenemos gracias a otros”, insiste el rector, reivindicando la idea de que toda vida humana es compartida.

Después, Allende habla de la excelencia. Pero no de la excelencia entendida como éxito o rendimiento. “La excelencia no se mide únicamente por lo que uno logra, sino por para quién y para qué pone en juego sus capacidades”, explica. Porque la verdadera excelencia, dice, comienza cuando el talento se convierte también en servicio.

Y finalmente habla del miedo. Del vértigo que produce salir al mundo cuando se termina la universidad y desaparecen las certezas conocidas. Les recuerda entonces a los graduados que “el coraje rara vez nace de la ausencia de miedo. Casi siempre nace del amor, de la responsabilidad y del compromiso con otros”. Y les pide que sean personas capaces de tender puentes en un tiempo lleno de ruido y divisiones.

Todavía es de día cuando termina el acto en Cantoblanco. Los grupos se abrazan, aparecen los ramos de flores y las familias inmortalizan el momento con decenas de fotografías. Los recién graduados siguen un rato más en los jardines del campus…como si todavía no quisieran marcharse del todo. Y no lo harán porque, ahora como alumni, siempre pertenecerán a la familia de Comillas.


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