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IUEM

“Poniendo todos de nuestra parte podemos cambiar las cosas"

El periodista Jesús Blasco de Avellaneda recibió el Premio Padre Arrupe de Derechos Humanos del IUEM

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Fotografía del periodista Jesús Blasco, Premio Padre Arrupe de Derechos Humanos 2020

29 de mayo de 2020

Comillas: ¿Qué significa este premio para usted?

Jesús Blasco: Este es uno de los reconocimientos, como ocurrió con el Premio Nacional de Derechos Humanos y Periodismo que recibí en 2013, que suponen un punto de inflexión en mi carrera, un empujón hacia adelante para seguir luchando por la dignidad del periodismo. Este premio del Instituto de Estudios sobre Migraciones es importante porque se acuerda de aquellas personas que a veces dejamos de mirarnos el ombligo para intentar ver a Cristo en el rostro del otro y hacer algo por él. Significa el reconocimiento de una vocación de servir como hizo el Padre Arrupe, a quien doy gracias por su humildad, su bondad, su sacrificio y su entrega para con los más vulnerables. También doy gracias a mi familia, a quienes me apoyaron, y a mis alumnos y alumnas.C

C: ¿Cómo recuerda sus comienzos en el periodismo social?

JB: Siendo muy joven viajé por Marruecos haciendo reportajes sociales y esa experiencia me valió para acabar como director territorial de Televisión Española en Melilla, donde viví de primera mano la llamada Crisis de la Valla de 2005. Fueron meses pegado a la valla, haciendo guardias de 48 horas, viendo cómo cientos de personas se dejaban la vida pasando una alambrada en busca de un futuro mejor. Tras algunos problemas, abandoné el periodismo y aposté por la docencia y la investigación, pero con la crisis económica surgió en España una nueva ola de periodistas comprometidos con el periodismo humano y yo quise sumarme. En estos años me han detenido tres veces en España, en mi propia ciudad, sólo por contar la verdad. Hasta en diez ocasiones he sido arrestado en Marruecos por intentar documentar los campamentos de inmigrantes, me detuvieron en Grecia por informar del brutal e inhumano desalojo de los campamentos de refugiados de Idomeni...

C: ¿Se imaginaba llegar hasta aquí en el mundo del periodismo?

JB: Si digo que cuando empecé en esto del periodismo y la comunicación con apenas 16 años me vería en el futuro en un momento así os mentiría. Yo me veía mucho más guapo, con mucho más dinero y ganando mínimo un Nobel. Era un joven fantasioso, creativo, alocado y con ganas de comerme el mundo. Poco a poco la vida me ha ido poniendo en mi sitio, cada golpe y cada revés me han ido acercando a la fe, a la madurez y a buscar a Dios en todas las cosas. Jamás creí que saldría en enciclopedias o libros de referencia, o que en las facultades de comunicación se harían estudios sobre mis trabajos

C: Pero no ha sido fácil esto de ser periodista…

JB: Mi relación con el periodismo ha sido siempre muy tortuosa. Una relación de amor-odio, movida por puntos de inflexión dados por los continuos encuentros y desencuentros. Una profesión tan apasionante como decepcionante que he abandonado momentáneamente en alguna ocasión, y a la que he vuelto porque creo firmemente que poniendo todos de nuestra parte podemos cambiar las cosas y, aunque alguna vez he pensado en tirar la toalla, jamás me he rendido, al menos del todo.

C: ¿Cómo ha ayudado su compromiso a las personas refugiadas y migrantes?

JB: No sé si he ayudado con mi periodismo a cambiar el mundo, si he removido conciencias, si he ablandado y agrandado corazones. Sigo viviendo en medio de una ciudad conformista y de una profesión cobarde y aburguesada. Sigo moviéndome en un mundo sumido en la penumbra y en una profesión cada día más desvirtuada, pero sólo espero poder seguir muchos años más a esa pequeña luz que nunca ha dejado de brillar en mi corazón, en mi vida y en mi mundo. Seguiré intentando dar lo mejor de mí e intentaré no defraudar a los que con este premio me dais un voto de confianza.

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