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El Concilio de Trento y el Catecismo Romano

Catecismos de la Contrarreforma

Los textos católicos surgidos en esta época avalan, en cierto modo, algunos de los diagnósticos de los reformados.

La falta de formación en el pueblo resta de autonomía a los sujetos y los hace vulnerables a los distintos influjos. Antes eran la atonía y el paganismo, entendido como el conjunto de convicciones populares, de creencias, mitos y supersticiones. Ahora se suma, además, la amenaza de la rápida expansión del luteranismo o el calvinismo.

Se retoma la antigua costumbre de los catecismos que había quedado prácticamente en desuso en la medida en que se dio por evidente la fe católica en todo el periodo medieval. Los textos adoptan un lenguaje catequético que trata de explicar y no sólo de enunciar los puntos del Credo. San Juan de Ávila (1500-1569) compone el suyo con estrofas en verso que facilitaban la memorización por parte de los niños e incluso su canto.

El progresivo abandono de las estructuras sociales medievales y su visión de la existencia van abriendo paso al Renacimiento que sitúa al individuo como centro de la vida social en todos sus ámbitos.

En un mundo cambiante, con mayores exigencias intelectuales, la teología tiene que repensar sus convicciones y reformularlas en diálogo con las sensibilidades filosóficas de la época.

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El catecismo y la Compañía de Jesús

La difusión de los catecismos reformados exige una réplica por parte de la Iglesia. Su éxito es tal que incluso han llegado a ser usados en los colegios católicos. Las nuevas ideas sugieren una confusión entre los creyentes de modo que es difícil discernir lo que responde a la verdadera fe, lo que resultan elementos culturales filtrados y lo que es una mera búsqueda humana.

Con las mismas estrategias empleadas por los reformadores, la Compañía de Jesús ofrece una rápida respuesta a través de los textos de san Pedro Canisio (1521-1597). Sus obras, cuentan con un lenguaje sencillo, con un diálogo continuo con la Sagrada Escritura y con abundantes ejemplos que tratan de facilitar la comprensión por parte de los lectores y la relación con sus experiencias vitales y cotidianas.

El texto en edición trilingüe (griego, latín y castellano) muestra la preocupación por la recta interpretación de los textos bíblicos en los que se cimentan las prácticas religiosas. Su catecismo denota, además, una gran preocupación por mostrar los contenidos de la fe de un modo progresivo, psicología evolutiva, diríamos hoy, y con un interés por sugerir una reflexión moral que otorgue criterios para la traducción de la fe en una conducta congruente.

Posteriormente a Trento, por encargo de Clemento VIII, San Roberto Bellarmino (1542-1621), redactó el Catecismo resumido y el Catecismo Explicado, traducidos a más de cincuenta idiomas. Los famosísimos de G. Astete (1537-1601) y J. Martínez de Ripalda (1536-1618), contribuyen a extender el espíritu del Concilio, con especial incidencia en el ámbito de habla hispana, buscando pequeñas frases que sean fácilmente memorizables.

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Otros catecismos emanados del espíritu de Trento

En Europa se multiplican los textos en los que se recogen las distintas sensibilidades. La Iglesia, por primera vez en su historia, percibe la necesidad de estructurar sus convicciones de fe y universalizarlas para permitir a los creyentes el discernimiento ante lo que es o no católico.

El Catecismo del Concilio de Trento, o Catecismo Romano, promulgado por el papa san Pío V, está dirigido a los párrocos, evidenciando la necesidad de una formación apropiada ante un mundo cambiante y que exige un diálogo fundamentado con la Reforma.

Pero este desarrollo requiere ser acompañado por iniciativas pastorales. Así, se universalizan las escuelas de doctrina cristiana que venían desarrollándose desde finales del siglo XIV. En ellas los niños y jóvenes han de recibir una formación y enseñanza que les permita crecer en su fe. Las catequesis dominicales se convierten, de este modo, en el primer programa orquestado de pastoral infantil y juvenil.

Junto a esta medida, comienzan a surgir los seminarios para sistematizar la formación de los presbíteros y las misiones populares, prácticas pastorales que tratan de revitalizar la fe, especialmente en el mundo rural, tratando de acercar los contenidos a un pueblo que ahora vivirá en el pluralismo religioso.

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Catecismos para judíos y moriscos

Los textos adoptan un tono dialéctico y polémico. El análisis se centra en los errores y en la búsqueda de una correcta interpretación que se aproxime a la verdad.

Así, esta centralidad del aspecto racional, olvidando los elementos más vinculados a las emociones y experiencias de la persona, hace que el encuentro entre religiones adopte tonos de enfrentamiento y de condena.

Por este motivo, los catecismos han de acoger también el reto, no sólo conservar el depósito de la fe, sino ofrecer un itinerario que facilite la conversión para aquellos que quieren encontrar en el evangelio el sentido de sus vidas.

Estos textos, incomprensibles fuera de su contexto histórico y cultural, nos recuerdan la necesidad de que el diálogo con lo diferente responda a las claves sugeridas posteriormente por el Concilio Vaticano II y por el propio Benedicto XVI: el reconocimiento de las semillas de Dios presentes en toda expresión cultural y religiosa, la actitud de búsqueda que genera un espacio de encuentro para todo lo humano y la necesidad de un diálogo abierto y sincero que parta del reconocimiento de los elementos que nos confieren identidad.

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Catecismos para los nuevos territorios: América, Filipinas, China, Japón, India...

Etimológicamente, catecismo procede del latín catechismus que, a su vez, hunde sus raíces en el griego katechein que hacía referencia a las máscaras que empleaban los actores en el teatro y con las que hacían resonar su voz para que facilitara la escucha del público.

En esta época los textos recuperan este sentido etimológico ante la necesidad de hacer llegar el evangelio hasta los confines de la tierra, ampliados por el descubrimiento de nuevos territorios que rompían los tradicionales límites de la civilización.

Las obras muestran un esfuerzo por la "inculturación", la adaptación del mensaje a las categorías comprensibles en culturas de orígenes tan dispares a los occidentales. Por ello se exige, incluso, el conocimiento de la lengua y las tradiciones aborígenes para dar continuidad a la dinámica de la encarnación.

Para muchas culturas, el esfuerzo de los misioneros supuso la conservación de su cultura, la fijación de sus lenguas a través de gramáticas y diccionarios. Al tiempo, el contacto con estas nuevas gentes permite a la Iglesia el reconocimiento de un sustrato de la fe que facilita el diálogo con distintas formas culturales.

La tarea puede describirse como "liberadora" en la medida en que el cristianismo ofrece la ocasión a los aborígenes de abandonar las prácticas de las religiones naturales que no responden a las necesidades estrictamente humanas y se convierten, por ello, en cierta esclavitud.

Estas constataciones son fundamentos actuales del diálogo eclesial con el mundo contemporáneo y con el esfuerzo por la nueva evangelización.

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El catecismo en el s.XIX y primera mitad del s.XX

En un clima donde cristianismo e identidad social parecen asociados, los esfuerzos se concentran en la habilidad pedagógica que permite mostrar, con la mayor cercanía posible y del modo más intuitivo, los contenidos de la fe. Se trata de una oferta universal que no distingue el origen social y que busca adaptarse a las posibilidades de aprendizaje con independencia de la cultura y formación del niño.

La ausencia de polémicas, en un tiempo en que las distintas iglesias cristianas parecen ya asentadas en espacios territoriales concretos, hace que el esfuerzo por la profundización se relaje en cierta medida. Se hace así evidente la conexión entre interrogantes humanos, búsqueda de la verdad y riqueza teológica.

La transmisión se hace más abstracta, con un menor diálogo con la Escritura y la Sagrada Tradición. Prima la transmisión de verdades racionales y de prácticas morales, en una época con una profunda preocupación sobre esta temática. Por el contrario, se pierde la relación con la experiencia de fe al modo descrito en los textos bíblicos. En este sentido, se intuye la progresiva distancia con un mundo cambiante lo que nos permite contemplar el escenario previo al Concilio Vaticano II.

San Pío X (1835-1914), en el comienzo del siglo XX, advierte del renovado esfuerzo que la Iglesia ha de afrontar ante la ignorancia de las masas e impulsa la reflexión desde el ámbito académico y universitario. Completando esta iniciativa, en 1912 publica un catecismo que afronta el difícil reto de no estar sólo orientado hacia niños sino hacia adultos.