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El papa Pio VII restaura la Compañía de Jesús el 7 de agosto de 1814 mediante la bula “Sollicitudo omnium ecclesiarum”, documento que en su título alude a las unánimes  peticiones que la motivaron. Este solemne espaldarazo a los hijos de San Ignacio no fue más que una reafirmación de la tendencia que ya se venía observando y en la que dos jalones importantes en este camino son los Breves “Catholicae fidei” y “Per alias”, por los que se restablece la Compañía en Rusia y Dos Sicilias, respectivamente. Mención expresa en este proceso merece la labor del jesuita aragonés San José Pignatelli. Fallecido tres años antes de la promulgación de la bula de Pio VII, no pudo ver los frutos de su trabajo.

La restauración en España se produce de la mano de Fernando VII, quien critica entonces las “calumnias, ridiculeces y chismes para desacreditar a la Compañía de Jesús, disolverla y perseguir a sus inocentes individuos”. Se desarrolla en dos fases: la primera, mediante un Real decreto de 29 de mayo de 1815,  concede el permiso sólo a las ciudades que lo solicitaron y la segunda  con el decreto de 3 de mayo de 1816  que permite  la restauración sin límites en todo el territorio nacional y en ultramar.

El panorama que los jesuitas se encuentran en España al regresar a sus antiguos lares es realmente desolador. A finales de 1813 José I abandonaba España y en marzo del año siguiente Fernando VII, “El deseado”, regresa a la Corte. Apenas dos meses después  deroga la Constitución de 1812, a la vez que restaura la Inquisición que había sido abolida en 1808 por el gobierno de José I y en 1813 por las Cortes de Cádiz. Al tiempo que se inicia en la Península otra diáspora, en este caso claramente política, afrancesados y liberales cogen el relevo y pasan a formar parte de lo que desde algunos sectores historiográficos se ha llamado la “España peregrina”.

En el aspecto social la realidad no era más halagüeña, las secuelas de la reciente contienda eran notables. Son años de enormes hambrunas. Desde sectores eclesiásticos se producen lamentos por la relajación de costumbres que encuentran en la población, así como la dificultad de llevar a cabo los cobros de los diezmos y otros impuestos. 

Poco a poco se incorporaron  a sus casas algunos antiguos jesuitas que habían vuelto a España en 1798 con permiso de Carlos IV y habían logrado eludir la expulsión que el mismo rey decretó en 1801. Otros  volvieron  de Italia. En total fueron 129 los antiguos jesuitas los que formaron la provincia de España, agrupados en 16 comunidades.

Con extrema diligencia  retoman sus trabajos en el seno de una población que aún no había  salido del marasmo producido por la reciente guerra.  Su labor preferente fue la enseñanza, tanto elemental como la humanística y filosófica, conforme al sistema renovado de la “Ratio Studiorum”. También se ocuparon de los ministerios pastorales y de las asociaciones religiosas y sociales.

Instalada de nuevo en España, la Compañía de Jesús  no fue  ajena a los continuos vaivenes que se producen: persecuciones religiosas, cambios constitucionales,  pronunciamientos y todo tipo de  circunstancias sociales, políticas y religiosas fueron influyendo en la trayectoria de la Orden fundada por San Ignacio en pleno siglo XVI.



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