Andersson: "Los gobiernos externalizan sus fronteras"

El investigador de la Universidad de Oxford, Ruben Andersson, participó en el Seminario de Migraciones y Refugio

REVISTA COMILLAS  | 


En el siglo XXI ya no podemos entender la frontera como una línea, ese espacio limitado que marca el exterior de un Estado. Así lo defiende el antropólogo de la Universidad de Oxford Ruben Andersson, en cuya conceptualización de frontera entran en juego cuestiones económicas y políticas que van más allá de lo estrictamente jurídico, y lo expuso en su reciente encuentro con investigadores de Comillas.

Texto: Lucía Tornero. Foto: José Ángel Molina

La frontera se puede pensar de muchas maneras”, afirma Ruben Andersson, profesor del Departamento de Desarrollo Internacional de la Universidad de Oxford e investigador asociado de la Universidad de Estocolmo. Visitó Comillas invitado por el Instituto Universitario de Estudios sobre las Migraciones (IUEM) y la Cátedra de Refugiados y Migrantes Forzosos para impartir una sesión del Seminario de Migraciones y Refugio.

 

"Por un lado, está el concepto del que hablan políticos y medios todos los días, la línea jurídica entre Estados, pero lo que venimos comprobando desde hace años es que la frontera es una zona de control, que se extiende más allá de la línea jurídica entre países. España ha sido pionera en todo esto, desde la crisis de los cayucos en Canarias en 2006”, afirma Andersson, que ha investigado esta situación en nuestro país y sus límites geográficos respecto al norte y oeste de África.

“Los gobiernos europeos involucran a otros países más pobres en la lucha contra la inmigración. Se ve una externalización de las fronteras, de los controles fronterizos y migratorios, empujándolos a países donde hay poca protección, es más barato crear patrullas y es más fácil detener a las personas que intentan cruzar y expulsarlas a zonas muy difíciles, como el desierto del Sahara”, explica. 


Instrumentos de control que llevan años utilizándose se presentan ahora como nuevos


Esta es una realidad asentada, pero lo que llama la atención del investigador es que este sistema de externalización de la vigilancia, el control y las patrullas no se tiene en cuenta en nuestros debates políticos y públicos. Es más, desde 2015 y la mal llamada “crisis de los refugiados”, la Unión Europea y los estados miembros están presentando muchas de estas iniciativas como innovaciones en los controles fronterizos, pero son estrategias que se utilizan desde la década de los 90. “Se han hecho durante años y años, y se han visto sus resultados nefastos, negativos, destructivos, una vez y otra vez”, asegura.

 

Andersson pone como ejemplo la frontera de Melilla: “La misma guardia civil me reconocía que a principios de los 90 la gente entraba tranquila. Se montó la primera valla, comenzaron las expulsiones y empezaron a llegar grupos que intentaban entrar a la vez. Se creó una situación de crisis y de caos que no existía antes. El refuerzo de esta valla inauguró ese sentido de crisis, de sufrimiento, de atención mediática, y así ha seguido un círculo vicioso hasta hoy".

Para el antropólogo sueco, el actual sistema de control de fronteras hace que la migración sea un problema mucho mayor de lo que podría ser si se abordase de manera normalizada. ¿Y por qué se sostiene? Precisamente su libro Illegality. Inc (2014) pone el foco en la industria económica que crece en torno a la inmigración. “Fue algo que me hicieron ver los mismos migrantes deportados a Senegal, con los que empecé mi investigación en 2010. Fueron los primeros en notar cómo la gente se lucraba con la migración”.

Industria de la ilegalidad

Andersson señala la actividad económica de las ONG, los periodistas, los propios migrantes, e incluso la suya propia. “Cada vez hay más académicos que nos ocupamos de este tema, más proyectos, y creo que tenemos que ser autocríticos”. Pero, sobre todo, pone el foco en la externalización de fronteras. “Las autoridades han reforzado mucho su posición, destinando muchos más fondos, y recursos humanos y, sobre todo, ha crecido el sector privado de defensa y de seguridad, en permanente captación de fondos y búsqueda de nuevos productos”.

Hablamos poco de esta externalización e ignoramos los intereses que se nutren del control de fronteras, denuncia, al tiempo que reclama una fiscalización y apuesta por una estrategia más creativa y positiva: “No tenemos conocimiento de lo que ha costado, de los resultados obtenidos y de cómo se podría emplear mejor este dinero. Es mucho capital económico y mucho esfuerzo político y diplomático que se podría utilizar para crear otros sistemas, quizás vías legales, intentar mejorar la situación de recepción o crear otra clase de cooperación al desarrollo en países africanos que, ahora, está cada vez más ligada a la seguridad”. 

Precisamente, unos actores que no se deben olvidar son los gobiernos de los países terceros, como los norteafricanos, que ven en los migrantes y en su caracterización como amenaza una gran oportunidad para poner presión en los gobiernos europeos y en la UE. “‘Si no nos ayudáis a luchar contra la inmigración dándonos millones de euros u otras concesiones políticas y diplomáticas, no vamos a hacer este trabajo sucio’, esto lo ha dicho una y otra vez Marruecos, lo ha dicho Libia, Turquía… Incluso países más pobres del Sahel, como Níger". 

Así se va fortaleciendo otra vez esta espiral negativa, porque junto al lucro económico está el lucro político. “Trato ambos temas en el libro, y hablo de ello comparativamente, de cómo se mantienen estos sistemas a pesar de que, al menos según mi punto de vista, están fracasando de muchas maneras: creando más sufrimiento y más problemas a largo plazo, más sensación de crisis en la frontera”.

“La política del miedo se ha visto fortalecida en los últimos años. En Lampedusa, en 2015, se vio un discurso mucho más agudo y temerario alrededor de la migración: una mezcla de miedos, conflicto, terrorismo, incluso enfermedad, criminalidad… Todo mezclado en las respuestas de las autoridades, los medios y el público”, afirma. 

Cartografía del miedo 

Es este sentimiento creciente de asedio lo que aborda en su último libro, No Go World (2019). Para escribirlo, viajó también hasta Arizona para comparar lo que pasa en estados frontera a ambos lados del Atlántico. “Es muy parecido a cómo se utiliza el miedo políticamente, cómo se involucra a los estados del otro lado, cómo se genera más sufrimiento entre las personas que intentan cruzar, y cómo se crea esta zona del lucro, con la industria de la seguridad y las patrullas fronterizas”, explica.

 

De vuelta a Europa, Andersson asegura que parte del problema es que el espacio de libre movimiento no está acompañado por una política común de asilo y frontera. "Los estados miembros siguen queriendo mantener la soberanía en migración y se han utilizado los controles fronterizos como sustituto de una verdadera colaboración".


Los Estados miembros de la UE utilizan el control de fronteras como elemento de política común


Uno de los males es el cortoplacismo que impregna la política actual. "Todo funciona a corto plazo, lo hemos visto este último año, cuando los estados miembros se reúnen con la tarea de controlar las fronteras, pero a largo plazo esto crea problemas entre los que tienen que enfrentarse a estas situaciones en primera fila, como Italia, Grecia y España, frente a los países del norte de Europa. Y no soluciona nada, se desplaza el problema por un tiempo”.

Hablando de Europa y libertad de movimientos con un sueco residente en Reino Unido, debemos preguntar por la situación en torno al brexit. “Me he dado cuenta de que soy migrante, y es interesante lo que quiere decir esta categoría, a menudo aplicamos a personas en situación más precaria. No pensamos los suficiente en nuestra propia condición de migrantes”, dice.

Su epifanía llegó con el debate del referéndum, “de repente cambio el vocabulario en los medios”, y lo que comienza siendo simbólico, finalmente tiene un impacto legal". 

 

 

 

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