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Lara Hrerah es una de las miles de refugiadas sirias que ha tenido que abandonar su país por culpa de la guerra. Gracias a su capacidad de trabajo y a la ayuda de Comillas, Gestamp y el Club Empresarial ICADE, la de Lara ha pasado de ser una historia muy oscura a un relato con más luces que sombras.

Texto: José Ganga. Fotos: José Ángel Molina

 

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ay historias durísimas de contar. Historias ante las que faltan –o sobran, según se mire– los adjetivos, los calificativos y las valoraciones. La de Lara Hrerah es una de ellas. Nacida en Siria, Lara tenía una vida normal, como la tuya y como la mía, en Damasco (Siria). Fue a la universidad, se graduó en Ingeniería Civil y consiguió un trabajo como traductora para los refugiados iraquíes que cruzaban la frontera pidiendo asilo. En 2011 estalló la guerra en Siria, una guerra de bandos que ya ha causado miles de muertos y que ha obligado a millones de personas a desplazarse. Poco a poco las cosas empezaron a cambiar. Primero fue un cambio en su trabajo, pasó de asistir a migrantes iraquíes a dedicarse a prestar ayuda a otros refugiados sirios que, dentro del país, habían tenido que abandonar sus casas. La ciudad empezó a cambiar, las caras de la gente se transformaron y todo se fue volviendo, en cuestión de unos años, más y más gris.

Ahora Lara es refugiada. En 2012, la zona en la que vivía, el barrio cristiano de la capital, empezó a ser bombardeada por el DAESH. “Se volvió un sitio muy peligroso. Perdimos parte de la casa, el coche… Y empezaron a secuestrar a chicas cristianas para casarlas con hombres musulmanes. Fue horrible. Imagínate, mi padre no nos dejaba salir de casa” dice mientras compartimos un café junto a la Puerta de Alcalá de Madrid, siempre sin perder la sonrisa. Una puerta era precisamente lo que buscaban Lara, su madre y su hermana pequeña cuando aterrizaron en Madrid con un visado de turista. Sin embargo, la primera que se les abrió no fue la esperada. Al llegar a Madrid tuvieron que pasar nueve meses en un CIE, una experiencia que Lara describe como terrible: “Había dos plantas, una para familias y la otra para chicos solos. Allí sufrimos mucho con el idioma. Tienes que empezar de cero, acostumbrarte a vivir sin nada, de una forma totalmente distinta, y con toda la tristeza que tienes encima por haber abandonado tu casa y por no saber cuándo vas a poder volver”.


"En Siria están secuestrando a las chicas cristianas. No podíamos salir de casa"


Pasado ese tiempo, tuvieron que buscarse la vida, enfrentarse a la búsqueda de una casa sin hablar prácticamente nada de español y con el estigma que, para gran parte de la sociedad, sigue suponiendo la etiqueta de refugiado.

Una puerta de entrada
La suerte de Lara cambió gracias, en gran medida, a la gente que conoció en el entorno de la Iglesia. En la comunidad católica que frecuentaban conoció a Alfonso Carcasona, uno de los miembros de la ejecutiva del Club Empresarial ICADE que le consiguió un trabajo de media jornada en el club. “Con mi salario vivía toda mi familia”. Estuvo en el club durante más de un año. Interesada en continuar su formación, fue el propio Carcasona y su jefe en el club, Antonio Albert, quien le habló del Master in International Industrial Project Management (MDIPI) de Comillas ICAI-ICADE junto con Gestamp.

Gracias a la ayuda de ambas instituciones, que financiaron sus estudios, puedo finalizar el máster aunque no fue sencillo. “Trabajaba por las mañanas, iba a clase por la tarde y salía a las nueve o más. Me bloqueé y pensé en dejarlo, sobre todo porque no me gusta sacar malas notas".

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Mucho en común
"Al final, todo el mundo se volcó conmigo y pude acabarlo”, confirma. El máster le pareció muy útil, intenso e interesante. “Trabajar con una empresa internacional como Gestamp es una gran oportunidad para cualquiera”. Actualmente desempeña sus funciones en Madrid, en el Departamento de Formación de la compañía.


“Trabajar con una empresa internacional como Gestamp es una gran oportunidad para cualquiera”


Hasta que se vio obligada a hacerlo, Lara nunca había pensado en abandonar su país. “Estaba a gusto, tenía una vida que me gustaba”, reconoce. Por suerte, ha encontrado en Comillas y en España un segundo hogar. “Aquí me siento como en mi país. Me gusta mucho la gente, son muy familiares. La comida también se parece mucho y el idioma no es tan distinto. ¡Tenemos 3.000 palabras en común!”, exclama con una amplia y luminosa sonrisa que le cuesta perder.

“Muchos viernes salgo con mis compañeros. Es una costumbre que antes no tenía pero a la que me estoy haciendo”, comenta ampliando aún más su sonrisa. De cara al futuro le gustaría poder seguir desarrollando su carrera como ingeniera. También que su hermano, atrapado en la frontera de Siria con Turquía, pueda venir a vivir a España. “Hay días en los que me descubro sin sentimientos. De tanto sufrimiento, a veces no estoy ni triste, ni contenta”.

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