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El año 2016 ha sido el de las sorpresas electorales, el de la rebelión de las clases medias contra el sistema y el del rechazo a la globalización y los tratados comerciales. ¿Son todos síntomas de una misma realidad o circunstancias aisladas que no tienen explicación causal? Hablamos con profesores e investigadores de la universidad para que nos expliquen cómo y por qué hemos llegado a esta situación y cómo puede evolucionar.

Texto: Lucía Tornero. Ilustración: José Ángel Molina

E

l incremento de flujos económicos, informativos y migratorios, factores que identificamos con la globalización, han crecido exponencialmente en las últimas décadas. Sin embargo, hemos visto estancarse algunos de estos indicadores y empiezan a alzarse voces significativas contra la apertura internacional y en favor del proteccionismo.

Estamos viviendo también un periodo excecionalmente prolongado de reducción de los intercambios comerciales. Desde la crisis financiera de 2008 hasta ahora, el comercio internacional de bienes y servicios se ha contraído, como resultado de diversos factores. Como señala Alfredo Arahutes, decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales (ICADE), estamos atravesando un ciclo largo, extraño, del comercio internacional. “En los primeros momentos de la crisis los países se volvieron un más proteccionistas, y, además, a partir de 2011 empezaron a caer el volumen y los precios de muchos de los productos que se exportan".

Problema de crecimiento
Después de la recesión nos encontramos con un mundo de crecimientos muy desiguales y, en general, muy débiles en las economías avanzadas, lo que se traduce en menores incrementos de renta para un buen número de capas poblacionales, en pérdidas absolutas para otras, y en grandes crecimientos para un grupo reducido.

Para Arahuetes, hay un fenómeno incuestionable: "desde principios del nuevo siglo, quizás antes, la irrupción de China y el crecimiento de la India han incorporado a cientos de millones de personas a mejores niveles de renta". Esto quiere decir que la distribución a nivel global ha mejorado de forma significativa, pero los ciudadanos en los países más desarrollados no tienen la sensación de que ha sido para mejor.

Ganancia relativa
"La falta de crecimiento de los salarios en países como Estados Unidos, o el crecimiento muy moderado en Europa hacen que los ciudadanos sientan que, por alguna razón que ellos no conocen y que achacan a la globalización, sus niveles de renta no mejoran”, afirma el decano.

Esto no solo ocurre a nivel mundial, también se ha producido internamente en algunos países. Aquí entra también en juego la cuestión de las ganancias relativas de renta, como explica Gonzalo Gómez, profesor de Economía: “para el 10% más alto crecen los ingresos más deprisa; los míos, que soy clase media, crecen más despacio, y los que vienen por detrás también crecen más deprisa". Pone un ejemplo muy sencillo: la diferencia de ingresos entre un camarero y un abogado es cada vez menor, y "lo que tiene que ver con un montón de factores se agrupa, erróneamente, bajo el paragüas de la globalización". Entre esos factores están el exceso de endeudamiento en el sector público y privado; el cambio tecnológico, o los reajustes en las políticas públicas que dejan poco margen para la política monetaria y fiscal.


Algunos políticos ven en la crítica a la globalización una fuente de votos


La novedad que nos ha traído 2016 es que ya no son los movimientos ecologistas, antisitema o anticapitalistas los que se manifiestan en contra de la globalización, y entre cuyas demostraciones más visibles han estado las manifestaciones ante cumbres internacionales como las reuniones del G20. De hecho, la expresión del descontento ni siquiera se articula en protestas masiva en las calles, sino en forma de voto en las urnas.

“La globalización no formaba parte de las principales preocupaciones de la agenda política. Electoralmente solo la utilizaban grupos residuales, pero está cada vez más en el argumentario de los partidos, que ven en ella una fuente de votos”, explica Gómez. A su juicio, la prueba de que la cuestión comercial está en el foco electoral la tenemos en la negociación del tratado de libre comercio de la Unión Europea con EE UU (conocido como TTIP) o la firma del de Canadá (CETA). Hace menos de un año, se firmó el acuerdo con Vietnam y no interesó a los medios.

¿Qué ha pasado para que esta cuestión se sitúe en la agenda? Para Gómez, se da una situación en la que “el óptimo político o electoral, choca con el óptimo económico, queriendo escuchar a un óptimo social”. “En este caso el óptimo económico habla, aunque con matices, de que a mayor inserción internacional, más beneficio, crecimiento y, si se hace bien, reparto equilibrado de los ingresos. Eso se transmite a la sociedad de una manera confusa por parte de políticos y medios, y se establece como causa principal de los problemas económicos y de los ingresos estancados. lo que genera desafección y descontento", asegura.

La integración comercial siempre genera ganadores y perdedores, afirma Gómez, aunque en términos netos sea positiva para las sociedades. Entonces, ¿qué ha fallado? “Una mejor protección de los perdedores para evitar la desafección. Necesitamos buenas políticas de reconversión industrial y productiva, y de formación de los trabajadores, que no han existido”, responde.


"Hace falta una mejor protección de los 'perdedores' de la globalización"


A pesar de la mejora de la distribución global de renta, la desigualdad es un problema en el seno de las sociedades. Incluso el FMI lo ha señalado, porque limita el crecimiento económico y genera descontento social. Los países necesitan poner en marcha políticas más inclusivas, que favorezcan un mejor reparto de la riqueza. El profesor Pedro Cabrera, experto en pobreza y exclusión social, ha visto como las categorías analíticas que le servían para estudiar a los más estigmatizados, ahora se utilizan para relatar los procesos de expulsión del sistema amplios sectores de población.

Cuestión de derechos
“Todo el mundo se pretende de clase media, pero en realidad no lo es”, afirma Cabrera. Las sociedades ya no se explican en la estructura romboidal donde la mayoría está en el centro y quedan como excepción los hiperprivilegiados y los hiperpobres. "O se trabaja firmemente por armonizar libertad y equidad, o lo que crecen son la insolidaridad, la fragmentación, la exclusión, y la expulsión de capas cada vez más numerosas de la población”, diagnostica.

El problema que señala Cabrera es que cada vez más ciudadanos dejan de creer en un sistema que no les garantiza su relato de éxito en la vida: trabajar, estudiar, ahorrar y tener una pequeña seguridad material. “La gente joven ve que el paro masivo y la transformación del mercado de trabajo, no les garantizan, incluso después de una educación exitosa, el acceso a un trabajo con un salario digno que les permita cotizar y tener prestaciones. Eso supone una decepción muy fuerte, y una desafección brutal”.


La gente deja de creer en un sistema que no le garantiza su relato de éxito en la vida


"A esto se suma que no disponen de los recursos políticos para reorganizar y redistribuir la riqueza, que el mercado no puede hacer por sí mismo, porque el sistema político no es suficientemente dinámico, activo, participativo y transparente", añade. En opinión del sociólogo, “las grandes decisiones se le hurtan al ciudadano medio”. Ante esto, su receta es más democracia. “Si no tenemos la manera de articular políticamente la insatisfacción y la desafección de aquellos que han visto frustradas sus esperanzas, ¿cómo vamos a reorganizar el actual estado de cosas?”, se pregunta.

La historia es cambio
“No se dan las suficientes respuestas a las inseguridades de la gente, de la clase media, que al final estalla. No se han encontrado soluciones a una situación inédita, lo que es un contexto perfecto para que surjan respuestas superideologizadas, en el peor sentido de la palabra, que proporcionan abrigo a los que se habían quedado sin manta”, afirma Emilio Saenz-Francés, director del Departamento de Relaciones Internacionales.

Para un historiador como él, es importante dejar claro que la Historia es cambio, y que tenemos que estar preparados para identificarlo y gestionarlo. El brexit parecía una excepción, pero luego ganó Trump. Por eso, es evidente se está errando al analizar la importancia, el alcance y las características de la transformación, “porque está ahí, y cada paso que damos demuestra la no excepcionalidad del proceso anterior”, razona.

“Lo que está fallando es el nivel humano en política", señala Saenz-Francés. Cuando aparece algo nuevo que ofrece respuestas que, aunque sean nocivas, apelan directamente a los problemas de la gente, más que a las abstracciones de ese lenguaje falso en el que se ha convertido la política, es normal que tengan éxito”, añade. "La época de prosperidad y paz que hemos vivido desde la II Guerra Mundial ha producido mediocridad en política, y no parece que todavía haya elementos que nos permitan huir de ella. Hoy harían falta, por ejemplo, grandes líderes como los que hicieron posible la construcción europea", concluye Saénz-Francés.

Ninguno de los expertos consultados es optimista en el medio plazo. Para Arahuetes, aunque el diagnóstico en el nivel macroeconómico es claro, "no se comparte una propuesta para establecer un plan que, a nivel internacional, permita que las economías se recuperen". "También es curioso que las cuestiones del mercado de trabajo y el cambio tecnológico no sean centrales en la agenda política", añade Gómez.

Cabrera añade una variable: "más allá de ideologías o recetas estereotipadas, hay un límite insalvable que es el planeta, en términos ecológicos y medioambientales, ya se piense en términos de izquierda o derecha, o en opciones de corte liberal o socialista".

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