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Lo cierto es que, cuando se habla de identidad, la migración puede producir tres efectos. Uno, que el migrante se asimile completamente a su lugar de destino y olvide lo propio. Otro, que se resista a perder su cultura originaria y la mantenga persistentemente. Y tercero, como explica Néstor García Canclini[1], que produzca una identidad híbrida, ni de aquí ni de allá, sino con un pie en ambas orillas. Ninguno es mejor que otro. Simplemente sucede de una u otra manera, según los intereses de los individuos y de sus familias, según sus prioridades y expectativas de éxito en el proyecto migratorio.

Rhonda Taube[2] indica que las configuraciones de identidad son negociaciones de poder y conocimiento en los espacios públicos. Estas negociaciones se expresan por medio de símbolos asociados a rituales y performances que realizan las sociedades en diferentes momentos. Uno de ellos, analizado por Taube, es el de las danzas y los convites tradicionales y de disfraces que se llevan a cabo en muchas comunidades indígenas, tanto por indígenas como por ladinos. Para la autora, estas muestran su flexibilidad al ser elementos de resistencia de la cultura originaria, pero también expresan la apropiación del grupo de elementos externos, elegidos según sus preferencias, criterios y gustos.

Así, en Momostenango (caso analizado por la autora) se pueden observar, además del convite tradicional con máscaras de madera, marimba y otros elementos, a los grupos de disfraces en que los personajes, al compás de cumbias y ritmos tropicales, se inscriben en la modernidad: caricaturas, películas, actores famosos, líderes mundiales como Barack Obama y grupos de rock como Kiss, entre otros. Taube argumenta que estas danzas son también la representación de un imaginario asociado a una idea mítica de Estados Unidos como espacio de influencia y poder, transmitido a través de internet, la migración y el empleo (Taube, 2013:114).

Reflexiono sobre esto mientras en Los Ángeles el Grupo de Disfraces Juvenil Nuevo Milenio, un grupo de jóvenes k’iche’, celebra las fiestas patrias con trajes de la caricatura Los Caballeros del Zodíaco. Cuando los conocí, estaban esperando a que comenzara el Desfile Centroamericano, organizado en ocasión de las celebraciones de Independencia por la Confederación Centroamericana (Cofeca).

Me llamaron la atención las máscaras rubias tan elaboradas, los trajes vistosos que simulaban metal y las armaduras falsas con que se adornaban bajo ese calorón de agosto. Me acerqué a ellos y comenzamos a charlar sobre su proyecto de mantener las tradiciones de su pueblo. Todos habían participado en Totonicapán en grupos de disfraces y convites, así que decidieron reunirse para continuar haciéndolo en Los Ángeles amenizando fiestas y participando en eventos como el desfile. Mandaron a traer los trajes desde Totonicapán, pues las máscaras son elaboradas por artesanos especializados, y los pagaron con los dólares ganados en sus varios trabajos como inmigrantes.

Destinan parte de su tiempo a los ensayos, a preparar sus trajes, a buscar oportunidades para mostrarse, ya sea cobrando o de manera voluntaria. Celebran la fiesta de su santo patrono en espacios de Los Ángeles como el MacArthur Park e invitan a los inmigrantes guatemaltecos a bailar al ritmo de marimba, cumbias y otros ritmos marcados por los DJ que los apoyan, a elegir a la reina y a velar al santo. Mientras tanto, en su aldea totonicapense, los paisanos también celebran, y gracias a las tecnologías disponibles la fiesta ocurre en dos lugares al mismo tiempo.

Todo ello nos habla de muchas cosas a la vez, como siempre pasa con las migraciones. Por un lado, de la resistencia a perder tradiciones aun en nuevos contextos. Por otro, de las innovaciones que suceden por el contacto entre culturas, en las cuales la globalización y sus productos siguen siendo un referente para las poblaciones, como el anime de los Caballeros del Zodíaco, utilizados por miembros de la etnia k’iche’ desde una apropiación de y una agencia sobre aquellos elementos que quieren incorporar a su baile como una manifestación de símbolos.

Asimismo, el imaginario geográfico se negocia al revés. Es decir, Guatemala queda esta vez como el espacio mítico que se representa en Los Ángeles a través de la marimba, los bailes y otros elementos. Y por último, como bien dice Taube, este imaginario es una manera de mantener el mundo maya, pero conectado a la modernidad, un intento de combinar pasado y presente en expresiones híbridas que ocurren aquí y allá a la vez.

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1 García Canclini, Néstor (2001). Culturas Híbridas: estrategias para entrar y salir de la modernidad. México: Random House Mondadori

2 Taube, Rhonda (2013). Foreign Caracters: Visualizing Identity in the Guatemalan Highlands in the Twenty-First Century. En Indigenous Religion and Cultural Performance in the New Maya World. Cook, Garret y Thomas Offit, eds. Albuquerque: University of New Mexico Press

 

 



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