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Cobijados en la oscuridad, como fugitivos, Olfa, su esposo y sus dos hijas recorrían en un microbús una carretera extraña en un intento desesperado por recuperar la paz perdida. El precio de esa paz: dejar atrás seres queridos y logros obtenidos durante largos años de trabajo.

Su destino estaba cerca de la playa de Las Lisas, en el departamento de Santa Rosa. El esposo de Olfa tenía allí un conocido que podría ayudar a la familia a establecerse y hacer una nueva vida. Antes de llegar al cruce para Las Lisas, a unos 25 kilómetros de la frontera con El Salvador, a Olfa le pareció que no estaba lo suficientemente lejos del motivo de su temor. “Me parece todavía muy cerca”, le comentó a su esposo, con la esperanza de que hubiera una alternativa mejor.

“Tengo otro conocido más adelante –respondió su cónyuge–, en el Puerto de San José. Pero todavía falta para llegar”.

Lejos de desanimarla, los kilómetros adicionales se convirtieron en la motivación que Olfa necesitaba para escoger aquel pequeño pueblo portuario, ubicado en uno de los departamentos con más altos índices de delincuencia en Guatemala, como el lugar en el que empezarían de nuevo, tal vez con menos comodidades, pero con una oportunidad que en su pueblo pesquero de Sonsonate, El Salvador, parecía imposible: la de sobrevivir.

Cuatro años después, Olfa narra los acontecimientos que la hicieron huir de su país. Su voz se quiebra al iniciar su relato en un augurio de que el desenlace no será feliz, o de que al menos no lo es todavía.

Hace casi una década, el mayor de sus hijos, un profesional graduado del nivel medio, empleado como jardinero en un complejo hotelero y preocupado por la violencia que imperaba en su entorno, le comentó que pretendía irse a Estados Unidos.

La madre, dispuesta a cumplir el sueño del hijo, se endeudó para conseguir el dinero necesario. Su esfuerzo dio el resultado esperado: la travesía de un migrante indocumentado por su país, Guatemala y México en busca del “sueño americano”.

Su viaje fue el ejemplo que necesitaba su hermano menor, quien al terminar sus estudios decidió recorrer el mismo camino que el primogénito.

Su travesía fue mucho más tortuosa.

Unos días después de su partida, un hombre la llamó para avisarle de que su hijo estaba secuestrado y que moriría si ella no enviaba 2,500 dólares para su rescate. La mujer obedeció y, endeudándose de nuevo, reunió el dinero y lo envió.

Poco después recibió otra llamada. Querían más.

“Los zetas me lo secuestraron”, asegura Olfa.

Con dinero que le envió su hijo mayor, logró reunir la cantidad suficiente para cada petición del secuestrador, hasta llegar casi a los 10,000 dólares. A cambio del último envío, recibió la promesa de que su hijo sería liberado.

Olfa a la espera.

Una llamada le confirmó que su hijo estaba en libertad para continuar su travesía o regresar a El Salvador. “Yo no sabía si me estaba diciendo la verdad, pero de todas formas le agradecí al varón”, relata entre sollozos. 

Empleándose temporalmente en la construcción en México, su hijo pudo continuar su travesía rumbo a Estados Unidos, donde permaneció cerca de 10 años. Pero manejar sin licencia le valió una deportación. Con una esposa y un hijo en la unión americana, su decisión inmediata fue volver a cruzar ilegalmente la frontera.

“Ahora está atravesando el desierto y tengo 13 días de no saber de él”, dice mientras fracasan todos sus intentos por contener el llanto.

Se seca las lágrimas con una servilleta de papel que le da la mayor de sus hijas. Luego continúa según el hilo cronológico que rompió al hablar de la deportación de su hijo.

Sus recuerdos vuelven a El Salvador y recapitula sobre un acontecimiento que debía ser un motivo de alegría, pero que se convirtió en el detonante de su desgracia. Un tío al cual estaba muy apegada le adelanta una herencia en terreno, “una pequeña hacienda”. Su idea para ponerla a producir fue comprar unas reses y arrendar esa tierra a parientes que también quisieran invertir por su cuenta en ganado.

La prosperidad económica llegó, pero con ella también empezaron las amenazas.

Era la voz de un hombre. Olfa oía las palabras “matar”, “vos”, “tu familia” “dinero”, miles de dólares. La imposibilidad de reunir la cantidad llevó a Olfa a ofrecerles cabezas de ganado como compensación, pero no era esto lo que sus interlocutores al teléfono querían.

“Un día trataron de arrebatarme a mi hija más pequeña”, relata la mujer mientras su otra hija, la tercera de cuatro, le da una pequeña toalla para secar las lágrimas ante la inutilidad de la húmeda servilleta de papel.

Un hombre en una motocicleta trató de arrebatársela de su lado mientras ella la traía de regreso de la escuela. El hombre logró agarrarla por la cintura pero Olfa sujetó con fuerza a la niña y logró mantenerla a su lado. Los días que siguieron, la niña no fue a estudiar. Cuando una de sus compañeras fue secuestrada y apareció muerta días después, Olfa se convenció de que la habían confundido con su hija y su terror creció.

Otra llamada telefónica le confirmó que no estaba equivocada, y que si bien ese intento se había frustrado, la familia seguía amenazada de muerte si no reunía el dinero.

Ése fue el detonante. Al día siguiente la familia ya había pagado el microbús que los llevaría a un lugar en el que tendrían que olvidarse de quienes habían sido, con tal de sobrevivir.

Sin embargo, su familia no pudo evitar el luto por la violencia. Su hermana, deportada también de Estados Unidos, fue asesinada en El Salvador. Al igual que Olfa, había sido amenazada de muerte si no daba el dinero. La mujer muestra en su álbum la fotografía de un niño y una niña, sus sobrinos ahora huérfanos.

Fue éste el destino que Olfa buscaba evitar cuando le preguntó a su esposo qué había más adelante y escuchó de él que había una oportunidad en el Puerto de San José, aunque aún faltaban algunos kilómetros por llegar.

La colonia de los recién llegados

Cuando la familia llegó al Puerto San José, se dio cuenta de que no eran los primeros salvadoreños en el lugar. A este municipio guatemalteco habían migrado varios compatriotas de Sonsonate que, como ella y su familia, aspiraban a escapar de la violencia. La mayoría de ellos provenían de Acajutla, una ciudad portuaria de ese departamento.

Los nuevos vecinos se instalaron principalmente en la colonia 14 de febrero, conocida por los vecinos como “La Catorce”, y sus alrededores. Se trata de un asentamiento instalado en una salina a la orilla de los canales de la ciudad desde el año 2000. Su nombre se debe a la fecha de la ocupación. El terreno aún se encuentra en proceso de legalización por medio del Comité de Unidad Campesina (CUC).

En las calles de tierra de la colonia aún se pueden ver terrenos baldíos, y construcciones sencillas, aunque el tiempo también ha permitido viviendas más formales. Los recién llegados alquilan muchas de estas viviendas, según su capacidad económica.

Algunos han dejado de alquilar, pero no ha sido por medio de la compra formal de las viviendas, debido a que ninguna de ellas está legalizada aún. Victoria Chutá, miembro de la Asociación 14 de febrero, explica que se trata sólo de derechos de posesión que han conseguido de algunos conocidos.

Viven con un temor evidente, evitan hablar con extraños y responder preguntas sobre ellos o sus compatriotas refugiados.

La municipalidad ha logrado instalar en la colonia ya agua potable y energía eléctrica y pretende llevar otros servicios básicos, dice Jesús Alvarenga, el secretario, pero carecen de registro alguno acerca de la cantidad de familias que se han establecido en el lugar.

Son los lugareños guatemaltecos quienes explican que aquellas familias venidas del sur llegaron con mayor frecuencia durante los últimos cinco años y calculan que ya hay alrededor de 100 familias ubicadas en las colonias cercanas a los canales del municipio. Si bien, el número es un bajo porcentaje de los más de 50,000 habitantes que aproximadamente viven en la ciudad, los vecinos coinciden en que crece año tras año.

En los relatos se mencionan botes de pesca cargados con familias enteras y todas las pertenencias que podían acarrear. “Algunos hasta al chucho traían en el barco”, recuerda un pescador guatemalteco.

Sin embargo, la mayoría de ellos no cuentan con una nave y su forma de sobrevivir consiste en vender su fuerza de trabajo a los propietarios de los botes, principalmente guatemaltecos.

El anonimato que se esfuerzan por mantener los conserva casi invisibles ante quienes les podrían ser de ayuda en un país extraño. Al albergue de Casa del Migrante que dirige Humberto Barrios en Guatemala, han llegado otros salvadoreños que escaparon de la violencia, “como los guatemaltecos que se van a México”, pero entre ellos no había gente del Puerto de San José.

Los representantes de El Salvador en Guatemala tampoco los han registrado. La cónsul general, Nadine Alvergue, explica que entre las labores que realizan con sus connacionales se encuentra montar consulados móviles en diferentes departamentos del país. Izabal, Quetzaltenango y Retalhuleu, pero debido a la cercanía, Escuintla no ha sido incluida aún.

A pesar de ello, su interés se despertó al saber de ellos, pues se abre la posibilidad de llevar este año o el siguiente un consulado móvil en el lugar, como los que hay en otros municipios y así brindarles ciertos servicios migratorios básicos.

Alvergue comprende el temor de estos salvadoreños, pues además de la situación de violencia de la que escapan, muchos de los migrantes atendidos no cuentan con los documentos en orden para residir y laborar en el país. “Creen que llegamos para después contarles de su situación a las autoridades migratorias, pero tratamos de explicarles que nuestra misión allí es ayudarlos”, concluye.

Adaptarse a una nueva sociedad

La colonia en la que se instalaron los salvadoreños no está libre de los estigmas sociales que acompañan muchas veces a los migrantes en otros países. Si bien los pobladores están conscientes de que muchos escaparon de la violencia provocada por las pandillas en su país, algunos hablan de que muchos de los que escaparon formaban parte de algún grupo delincuencial y huyeron de los ajustes de cuentas y, posiblemente, siguen delinquiendo.

“Después de las 6:00 de la tarde ya no puede uno ir a La Catorce porque lo asaltan”, relata un pescador guatemalteco. El hombre –que sobrepasa los 50 años de edad– explica que no se trata de los primeros salvadoreños en la ciudad, pero su visión sobre los más antiguos es diferente a la que tiene de los recién llegados. “Hay unos que ya estaban cuando yo era niño”, agrega, en referencia a que estas personas están integradas como parte de la comunidad. A pesar de su aparente desconfianza por los salvadoreños llegados hace poco, en el grupo con el que se reúne hay uno de ellos. Se trata de Robin, un muchacho de 31 años de Acajutla, uno de los municipios más afectados por las pandillas en El Salvador.

Las causas que hicieron a Robin abandonar su hogar tuvieron su origen en viejas rivalidades de su hermano con un joven pandillero. Cuando esa rivalidad llegó a los golpes, ambos entendieron que el conflicto ya no era sólo con el pandillero, sino con todo un grupo que lo respaldaba y que no tenían reparos en cobrar la ofensa con sangre.

Robin y su hermano tuvieron que abandonar la ciudad y establecerse lo más lejos posible. En el caso de Robin, la distancia parecía no ser suficiente y estableció su refugio en otro país.

Pero las fisuras de los salvadoreños en la 14 de febrero no sólo se ven con los barrios vecinos, sino también dentro de la colonia. Chutá explica que su llegada ha generado cierta división con los habitantes guatemaltecos, y que aun los que ya tienen el derecho de posesión, no muestran interés alguno en la legalización de sus tierras.

En cuanto a la seguridad, Chutá asegura que hace poco tuvieron noticia de que existe un grupo de delincuentes en la colonia y que esta situación también afecta la cohesión de los vecinos.

Lo que queda atrás y las nuevas esperanzas

Los motivos de nostalgia para Robin son varios. Además de la familia y los amigos, o de su novia, a quien debió abandonar para salir de Acajutla, también está el dinero. Según dice, la pesca en su ciudad de origen era mucho más abundante y mejor pagada que acá.

No obstante, ve también aspectos positivos, pues antes gastaba gran parte de sus ingresos en alcohol y ahora no. Ahora, lo que consigue de la pesca le permite no sólo sobrevivir, sino hasta ahorrar una pequeña parte.

Olfa también lamenta las cosas que dejó atrás, en especial sus tres perros. Lo único que sabe es que los vecinos los escuchaban aullar constantemente después de la partida de la familia y que semanas después desaparecieron. Comenta esto mientras las lágrimas vuelven a rodar por sus mejillas.

Pero no es lo único. A pesar de no haber concluido la primaria, contaba con un puesto de promotora social en la comuna de su municipio. Mostrar las fotos de su vida profesional y social le saca las sonrisas que parecían imposibles minutos antes.

Al principio es difícil reconocerla en las fotos que su esposo le ayuda a organizar. En las imágenes está más joven, más delgada y su cabello es negro. Ahora, a las canas que empiezan a poblar su cabellera acompañan a un rostro envejecido por la edad y las preocupaciones. También es comadrona certificada en El Salvador y espera poder hacer lo mismo en Guatemala. Ahora estudia para terminar la primaria y está convencida de que al terminar, empezará con el ciclo básico. “Mis familiares me dicen que ya a mi edad para qué quiero aprender, si ya nadie me dará trabajo”, lamenta la mujer que ya sobrepasa los 50 años, pero insiste en que tiene esa necesidad de superarse.

Regresar a El Salvador parece no estar en sus planes. Lo que le queda a ella y al resto de salvadoreños en el Puerto de San José es buscar acá el futuro y olvidar el lugar del que en algún momento tuvieron que escapar, dejando la vida atrás, como fugitivos, para poder seguir existiendo.

Por Alejandro Pérez- Plaza Pública



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