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Comillas-SRRII-HenarLa Facultad de Ciencias Humanas y Sociales celebró una nueva sesión del Seminario Permanente de Relaciones Internacionales, en la que la profesora Henar Pizarro impartió una ponencia sobre los problemas de la diplomacia ante la doble fidelidad, tomando como ejemplo la protesta del Cardenal Gaspar de Borja, Embajador ante la Santa Sede, en el Consistorio de Cardenales reunido en 1632.

La ponente comenzó contextualizando el caso, en el marco de la monarquía hispana, que basó su existencia en la universalidad del catolicismo y la justificación que hacían los reyes de su actuación política en defensa de esta confesión. Las relaciones entre la monarquía y la Iglesia estuvieron marcadas en aquellos años por una pugna jurisdiccional, cuya finalidad era conseguir la subordinación de una institución a la otra, explicó Pizarro. Los reinados de Carlos V y sus sucesores se caracterizaron por unas relaciones complicadas con el Papado, con sucesos como el Saco de Roma de 1527 por parte de las tropas imperiales, o el intento de articular una Iglesia nacional durante el reinado de Felipe II. Del otro lado, las reformas en el Vaticano de la mano de Sixto V y Clemente VIII, en las que se equilibró el número de cardenales españoles, intensificaron los conflictos jurisdiccionales.

Ante esta situación, tanto las personas como los grupos de poder comprometían su apoyo a una u otra instancia y, en algunas situaciones, la defensa de los distintos intereses generó situaciones de doble lealtad, como en el caso del Cardenal Gaspar de Borja. Nacido en una de las familias más influyentes de su tiempo, con dos papas en su haber (Calixto III y Alejandro VI), Gaspar de Borja fue nombrado Cardenal y después Embajador Extraordinario ante la Santa Sede, un cargo que, inevitablemente, generó una doble lealtad. Esta situación llegó a su fin el 8 de marzo de 1632, con su protesta ante el Consistorio de Cardenales, por orden del Rey Felipe IV y con motivo de la actuación política del Papa Urbano VIII en contra de los intereses de la monarquía hispana, en el contexto de la Guerra de los Treinta Años. El hecho, que puso de manifiesto la primacía de su condición de Embajador sobre la de Cardenal, irritó a Urbano VIII quien pidió inmediatamente su vuelta a España. Desde aquel momento, para evitar situaciones homólogas, la Iglesia prohíbe que los Cardenales sean representantes de su país.

Tras el coloquio, se abrió un debate entre los profesores e investigadores presentes, durante el cual se reflexionó, entre otras cosas, sobre el cambio del papel del Papado a lo largo de los siglos y la aparición de nuevas formas de influencia.



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