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Ramón García Fernández, experimentado traductor en instituciones internacionales, impartió la conferencia "Cuatro décadas de traductor institucional. Ese viejo arte profundamente humano", dentro del ciclo La Antesala de Babel, organizado por el Departamento de Traducción e Interpretación de la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales, de Comillas. Testigo excepcional de las transformaciones que ha experimentado el sector de la traducción institucional en los últimos 40 años, García repasó su trayectoria profesional, que se inició en la ONU y pasó también por el Parlamento Europeo y la Organización Mundial del Comercio, lo que le ha permitido conocer de cerca los mecanismos de trabajo, tanto en los años previos a la revolución tecnológica como en esta última década, en la que las nuevas herramientas han transformado profundamente el sector. En su opinión, la revolución digital y los ajustes presupuestarios sitúan al traductor institucional en una compleja posición.

Cuando se incorporó al ámbito de la traducción institucional en la década de los 70, la enseñanza de la traducción en España aún no estaba debidamente reglada, así que fue testigo de cómo se definían las competencias requeridas para el ejercicio de la traducción institucional, tanto desde el punto de vista cultural como instrumental. En este sentido, el conocimiento específico del medio no resulta menos importante que el dominio de la expresión en lengua meta, que se hace imprescindible para afrontar con éxito la tarea de la traducción institucional.

El revisor de traducciones desempeñó, durante estos años, una misión esencial en la formación de los principiantes. La revisión exhaustiva era, por un lado, una apuesta por la calidad de la traducción y, por otro, una oportunidad excepcional para los jóvenes traductores, que de este modo conocían de primera mano un registro afín al espíritu de la institución para la que colaboraban. En el caso de Ramón García, la experiencia de la ONU resultó particularmente enriquecedora y supuso un excelente punto de partida para empezar a prestar sus servicios como traductor en la Comisión y en el Parlamento Europeo. El valor del español como idioma oficial de la ONU fue, además, una baza fundamental, pues contribuyó de manera decisiva a la creación de un registro y de un corpus propios, que ha hecho posible mantener el rigor terminológico y la uniformidad de los textos institucionales.

La traducción institucional, tanto en el ámbito de las Naciones Unidas como en el de la Comisión y del Parlamento Europeo, se enfrenta ahora a nuevos desafíos tecnológicos y, en el caso de la cámara parlamentaria, a la difícil gestión de un espacio lingüístico en el que conviven 24 lenguas diferentes. La revolución digital y los ajustes presupuestarios sitúan al traductor institucional en una compleja posición, pues los procesos de autoedición permiten prescindir, en muchos casos, de una figura tan imprescindible como el revisor, al tiempo que se dan, cada vez con mayor frecuencia, situaciones en las que la traducción inversa se convierte en práctica habitual. Quedan atrás los tiempos en los que se pensó que los ordenadores podían constituir una alternativa a las personas, pues, en palabras del propio Ramón García, "la traducción habita en los últimos reductos del pensamiento humano".



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