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Oportunidades, retos e incertidumbres de la digitalización de la industria.

Por Julio Luis Martínez SJ, Rector de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid
 

Según una encuesta realizada por el Eurobarómetro del Parlamento Europeo, los jóvenes de los países de la Unión están especialmente preocupados con el desempleo, las desigualdades sociales y el acceso al trabajo. Esos son los que consideran los retos y preocupaciones principales que afrontan el conjunto de la UE y sus países.

Parecen realistas y proporcionadas esas preocupaciones, más aún teniendo en cuenta las transformaciones tecnológicas disruptivas de la economía digital. El panorama que cabe esperar es el de una importante pérdida de empleos en muchas industrias o sectores que hasta ahora han demandado mucha mano de obra o la inadecuación entre las competencias de buena parte de los que buscan trabajo y las necesidades del mercado laboral. Estos fenómenos pueden comportar un alto desempleo e incluso mayor desigualdad de salarios y riqueza de la que hoy vemos[1], pero en realidad tampoco podemos hacer pronósticos fiables porque previsiblemente tendrá que ir surgiendo otros yacimientos de empleo. Aquellos que tengan capital se podrán beneficiar de modo especial, por la misma naturaleza de la digitalización por el efecto red favorece enormemente la concentración de la propiedad, pero habrá graves dificultades para mantener los trabajos y los incrementos salariales. La revolución de la revolución del “big data” y la inteligencia artificial aplicada a la automatización harán innecesario el concurso de los seres humanos en muchas tareas, incluidas algunas que constituyen hasta hoy como la quintaesencia de lo humano como conducir vehículos o descifrar manuscritos complejos.

Creo que se puede razonablemente decir que tres factores coincidentes en el tiempo, de fronteras difusas, condicionarán el trabajo del futuro: la robotización y la consecuente automatización de muchas tareas manuales, la disponibilidad de datos e información casi infinita y el desarrollo de la inteligencia artificial que facilitará enormemente la automatización. Si uno solo de estos factores ya tendría gran impacto, la combinación de ellos afectará de manera determinante y disruptiva al empleo y al concepto mismo de trabajo. Estudios de la OCDE, la Universidad de Oxford o prestigiosas consultoras coinciden en que la incidencia de estos cambios será menor en los profesionales con educación superior y que solamente un 5% de los empleos son susceptibles de total automatización. Aunque también afirman que un 60% de los trabajos actuales tienen al menos un 30% de sus tareas automatizables, y que en los próximos 20 años desaparecerán casi la mitad de los actuales empleos en el mundo desarrollado y un porcentaje aún mayor en las economías emergentes.

Por su parte, los datos del Banco Mundial señalan que el 57% de los trabajos en los países de la OCDE está en riesgo a causa de la automatización, pero este porcentaje llega al 77% en China, 69% en India, 67% en Sudáfrica, 65% en Argentina y 47% en EEUU. Cualquiera se da cuenta de que son cifras que hay que tomar con mucha cautela, porque el conjunto de factores que entran en juego son tantos y muchos de ellos tan sutiles que es imposible saber qué ocurrirá. Sin embargo, sí podemos razonablemente imaginar grandes segmentos de población inservibles para producir y por tanto descartados del nuevo sistema económico caracterizado por la digitalización. Es cierto que una buena parte de los analistas hablan de las tremendas oportunidades de creación de riqueza y prosperidad que la digitalización traerá, con la consiguiente apertura de nuevos yacimientos de trabajo. Y también que al día de hoy la mayor parte de la gente es tecno-optimista en relación a la productividad y los beneficios que traerá la tecnología. En mi opinión, no conviene agitar la visión de que se nos viene encima una catástrofe de proporciones diluvianas, pero tampoco confiar ilusamente en que el mercado y la lógica de los intereses de los negocios buscarán y alcanzarán soluciones sociales dignas[2].

Además de recordar esas alertas es importante reconocer que el progreso tecnológico no solamente afecta a la estructura ocupacional en términos del número y variedad de la tipología de los empleos, sino también al cambio de la naturaleza y el significado cultural de esas ocupaciones. En este sentido con las personas formadas en la cultura digital vienen la petición de que las jerarquías desaparezcan o se problematicen, de trabajo en equipos que ya no dependan de una persona, cambios en los modos de interactuar y decidir… Recuerdo muy bien como un día me decía Fernando Abril Martorell, Presidente de Indra, que personas de gran talento menores de 40 años están pidiendo hacer en la empresa lo que hacen fuera de ella y al modo que lo hacen, y que las empresas no tienen más remedio que ver cómo se adaptan. No son meros cambios de forma sino de fondo, a veces incluso difíciles de imaginar.

Teniendo en cuenta estos retos, parece que lo más inteligente y sensato es preparar a las personas para las nuevas tareas y comenzar a tratar en serio sobre los nuevos escenarios: animar conversaciones serias en torno a los cambios más profundos que se necesitan en un medio y largo plazo para implementar políticas públicas en educación, infraestructuras, emprendimiento, comercio, inmigración, investigación, fiscalidad, sistemas de transferencia o incluso nuevos modos de participación democrática, etc., a la altura de los desafíos. Para este gran objetivo de lograr una prosperidad inclusiva que no descarte a la gente y no cree desigualdades aberrantes se requiere una conversación profunda entre líderes económicos, representantes de los trabajadores, diversos grupos de la sociedad civil, investigadores y pensadores de distintas perspectivas científicas incluyendo, por supuesto, filósofos, para desarrollar nuevos modelos y enfoques que no solamente eleven la productividad y generen riqueza sino que también creen opciones vitales de amplia base. Necesitamos encuentro y diálogo que tome en serio a la ética, y la Doctrina Social de la Iglesia contribuye a ello con su propia propuesta. Tiene mucho que aportar, pero también mucho que repensar aceptando los parámetros del cambio de época que vivimos, donde acaso también el significado del trabajo habrá de ser reelaborado.

Desde la primera encíclica social Rerum novarum (RN, 1891) hasta la última, Laudato si´ (LS, 2015) pasando por Laborem exercens (LE, 1981), los temas del trabajo han sido siempre preocupación de la Doctrina Social. La primacía de las personas sobre los productos o la tecnología, así como la del trabajo sobre el capital se subrayan (LE, 13). Ambos sentidos del trabajo tienen tanto dimensión individual como social.

Esta concepción se ubica, desde luego, en un marco más amplio donde las decisiones e instituciones económicas deben ser juzgadas a la vista de si protegen o promueven la dignidad humana (GS, 63). La dignidad humana se realiza a través del respeto y promoción de concretas libertades, relaciones y necesidades básicas y florece en comunidad, porque los seres humanos somos seres sociales y el bien común no se conforma con el principio utilitarista del “mayor bienestar para el mayor número”, sino que va más allá: requiere no olvidarse de nadie (la centralidad y valor de cada persona). Por eso no se justifica moralmente que un individuo o un grupo sean impedidos de participar en la vida social o sean abandonados al desempleo, ni siquiera si se les compensa con subsidios o con una renta mínima universal. Desde esta perspectiva de la justicia social, hay una obligación ética hacia los pobres o los más vulnerables.



[1] Citi GPS, Technology at Work v.2.0 The Future is Not What It Used to Be (January 2016) 97 (acceso 29/12/2016) www.oxfordmartin.ox.ac.uk/downloads/reports/Citit_GPS_Technology_Work_2

[2] Elon Musk, CEO de Tesla y SpaceX, pedía en una reunión con los Gobernadores de los Estados norteamericanos (15/7/2017) que todo lo relativo al campo de la inteligencia artificial, a diferencia de lo que sucede en otras industrias, debe regularse de forma proactiva en lugar de esperar a que surjan problemas. Incluso se expresó con tintes dramáticos: "Hasta que la gente no vea a los robots matar a personas por la calle no se entenderán los peligros de la inteligencia artificial"; y, llegados a ese punto, evidentemente será "demasiado tarde".

 



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